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08/10/2007
   
 
Masculinidad
   
 
Per Lidia Falcón
   
 
Al violador múltiple del Valle de Hebrón vamos a pagarle el viaje, no se si la estancia y la alimentación también, a la República Dominicana. Como se ha desencadenado el escándalo cuando ha sido puesto en libertad en contra de los informes de los psicólogos, de la fiscalía que incluso recurrió solicitando la prolongación de la estancia en prisión, de los técnicos penitenciarios y por supuesto de la opinión pública, se ha planteado la posibilidad de desterrarlo fuera de Catalunya. Si las catalanas tienen miedo de convivir con semejante individuo, echémosle de nuestra tierra y que vaya a violar a las dominicanas -seguramente en el ánimo del que tome tal decisión está el convencimiento de que esas mujeres no merecen igual protección, incluso les puede gustar- que al fin y al cabo deben estar más acostumbradas, porque en esos países el índice de violaciones es mucho alto que en Catalunya.

No se si la medida está inspirada por las que se han aplicado a algunos etarras, pero supongo que tanto las autoridades españolas como las del país de acogida estaban convencidas de que los terroristas no iban a actuar en su nueva residencia. Se me hace muy difícil creer que de tener alguna duda hubiesen aceptado semejante envío. Pero, ¿abrigan el mismo convencimiento respecto al violador? ¿Acaso los expertos han averiguado que la especial personalidad de este sujeto le induce a atacar únicamente a las catalanas? De haber realizado este descubrimiento debían haberlo hecho público, porque la transcendencia del mismo lo merece.

Resulta más verosímil creer que no es esta la motivación de quienes proponen la medida sino únicamente el deseo de quitarse de en medio a un personaje enormemente molesto, no sólo para la ciudadanía catalana, y especialmente la femenina, sino también para sus gobernantes a los que se les ha venido encima este embrollo, sin que les ayude a salir de él ni la angélica legislación vigente ni la aplicación de la misma por unos jueces que tan rígidos y puntuales se muestran en el cumplimiento de las normas que benefician a los delincuentes y tan indiferentes y negligentes en la aplicación de las que pueden proteger a las víctimas.

La propuesta lanzada por Sarcozy de castrar químicamente a los violadores, acogida en nuestros medios de comunicación como una novedad cuando hace treinta años el Movimiento Feminista en toda España llenó las paredes de pintadas exigiendo "Contra violación castración", sin que obtuviera más que algunas sonrisas compasivas de los rectores sociales, ha llenado de indignación al que fuera Fiscal Jefe de Catalunya, José María Mena, a juristas y profesores que, por supuesto, nunca temerán ser violados. Se ha creado una comisión de ¡dieciséis expertos! que durante ¡seis meses! se reunirán y debatirán qué de malo tiene matar el impulso sexual en los violadores. Una comisión que nunca se formó ni reunió en ninguna ocasión anterior para debatir que hacer en ayuda de las mujeres violadas, de las niñas abusadas, de las mujeres maltratadas, de los niños prostituidos.

Pero ahora los gobernantes se enfrentan nada menos que a la opción de emascular a unos hombres que por más agresivos que sean, y demasiado exaltados, es verdad, no dejan de ser varones como ellos mismos, y a los que se pretende nada menos que arrebatarles el fundamento de su virilidad. ¿Puede temer un hombre algo más, aparte de la muerte, que la castración? ¿Hay en el imaginario masculino algún peligro mayor que el que le sea arrebatada la capacidad de mostrar su condición de macho ante una hembra? ¿Cuántos calificativos, insultos, burlas, desprecios, humillaciones, se dedican a aquellos que no mantienen con suficiente vigor su capacidad de erección? Castrado es el más indignante insulto que se le puede dirigir a un hombre, y por extensión incluso a un colectivo, a un pueblo. Con la pérdida de los órganos genitales o de su actividad, se ha perdido la fuerza, la identidad, la masculinidad en suma, que es la cualidad más importante de un ser humano. Las mujeres no pueden padecer tal indignidad porque no tienen erecciones, e incluso a algunas se les practica la cliteridectomía y eso no las incapacita para seguir siendo mujeres.

En consecuencia, decidir la posibilidad de que a los violadores reincidentes se les aplique un tratamiento farmacológico que les reduzca el impulso sexual ha conmocionado las conciencias de los importantes cargos políticos y jurídicos de nuestra sociedad. Estremecidos todavía por el impacto que les ha causado la propuesta de Sarcozy, en Catalunya invertirán seis meses de su tiempo y de nuestro dinero en reunirse para tomar una decisión, que, ya ha sido anunciado de antemano por Mena, en ningún caso aceptará la castración ni química ni física porque la Constitución no lo permite. En este caso para los juristas es arriscada la defensa de los principios de la Constitución, no tanto en lo que se refiere al derecho al trabajo o a la vivienda, pero ya sabemos que esos temas no afectan a la virilidad de los hombres españoles que es lo más importante, y tantas veces lo único, de que pueden presumir.
   
 

 

   
   
 
 
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